domingo, 30 de marzo de 2008

Los tres sueños de la razón

Capítulo III: Latín, amor y naipes

 


RENÉ DESCARTES  SE ENCAMINÓ  HACIA POITIERS,  EN  EL VERANO DE 1614, POR  LOS SENDEROS QUE ESBOZAN EN EL ÁNIMO LOS BAJORRELIEVES INDESCIFRABLES  DE LA VIDA.  En la sala capitular, ahora reformada, le esperaban en animado diálogo su padrino y el Rector, que con gesto cordial le administró la bendición y le instó a que le  adelantara noticias sobre su inmediato quehacer; en modo alguno la formalización de los estudios jesuíticos tenía el significado de un alejamiento. Los alumnos habían sido adoctrinados para entregarse a ocupaciones destacadas en la historia de Francia, con la rúbrica de la Compañía de Jesús.  Tras declarar sus intereses en el campo de las Leyes, siguiendo la tradición familiar, con una excelente puesta en escena, añadió sin circunloquios que también le interesaban otras materias, como la geometría o la anatomía, por lo que no tenía definitivamente decidido cual sería su afán perpetuo. El Rector sabía de las peculiaridades de René, y adoptó una actitud de fingida  comprensión.  De  improviso,  le preguntó si aún seguía con esa idea insólita acerca de la duda. René no tosió, ni su palidez se tornó extrema; respondió respetuosamente que de ahí, de la duda como método de indagación, obtendríamos las ideas claras y distintas, aunque reconoció que tendría que afanarse más para perfeccionarlo como un nuevo sistema filosófico y científico. Invenciones de jóvenes, intervino el Señor Brochard; asintió el Rector, no sin sospecha. -Bien, espero que nos mantengas informados de tus descubrimientos, declaró. -Sabrán de mí, respondió René con ufana y misteriosa actitud. Tras las salutaciones al uso, se cerró la puerta del Colegio Real.  


 


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Cuando sueñan las rocas






fotografía: niguez.com


jueves, 31 de enero de 2008

Pensamientos de Teresa

                                                             Él agonizaba


amparado por los días ignorados de la vida,


disimulando el presagio sombrío de las tristezas,


meciéndose en la realidad de lo inmediato.


Yo lo miraba,


acallando el clamor del desorden,


enmudeciendo el arrebato de las lágrimas.


Me turbaba la ira


que sin pudor, calaba mis huesos


hasta la extenuación.


El mar, con la marea en desbandada


me insultaba dejándome a merced de la bruma,


impregnándome de hastío.


Aquel lugar atesoraba más tiempo que historia


asediado por espectros de esculturas ociosas,


saciadas de bacanales de belleza.


 


                                                             Él enmudeció


entre un sopor lejano de destinos sin luz.


Y tras él, todo aconteció con una prisa absurda


y quedó solo,


solo, junto a sus sabias elucidaciones.


Sentí orfandad.


El desdén embalsamado de la rutina


me entregó a delirios indescifrables.


Me confiné


en los frondosos bosques de la seducción,


embriagada por las evocaciones de su amor.


Mi alma palpitaba aletargada,


la ausencia se arrebujaba enojosa


entre las despedidas de los astros.


La legitimidad de cada sueño


por cobrar corporeidad,


era insaciable y codiciosa.


 


                                                              Él, el héroe, murió


era la muerte una obligación que le acechaba.


La había conjeturado lejana;


se presentó afectuosa y expedita.


Huí del espanto,


me abrigué entre los absurdos de los gozos más abruptos.


Las coincidencias: prodigios de osadías ajenas,


se proclamaban


en una cursiva de tintas emborronadas,


sobre pliegos de papel con olor a fatiga.


Las voces, espectrales, se confabularon.


Escucharlo en la memoria


era remontar la corriente en su peregrinar de albures,


arrebatando a la muerte sus hipócritas voluntades.


Ahora, se interrumpen los anhelos,


sin él las congojas se perfuman con soberbia,


y latiguea el estrépito de la barbarie,


en el puerto amarrada


junto a un velero inconsolable...


 


Presagios para una despedida


 


fotografía: niguez.com


 


 

miércoles, 2 de enero de 2008

Los tres sueños de la razón

Capítulo II: El pequeño filósofo

EN ANJOU, LOS INTERNOS FUERON LLAMADOS A CAPÍTULO POR EL RECTOR, quien con talante adusto les participó la siniestra noticia. En la Flèche, les declaró, estaba advertido de que moraría ab aeterno el corazón del Rey, una vez embalsamado y tras la celebración de las honras fúnebres en  París. Enrique IV había consignado una singular atención a la fundación de aquel colegio que llevaría su nombre, había vuelto a depositar la confianza en los jesuitas, tras el atentado frustrado contra su vida que Jean Chantel dijo haber efectuado inducido por ellos, por los profesores donde estudiaba leyes, en el Colegio de Clermont.


El desenlace del  ultraje alcanzó resultas ominosas: 37 jesuitas fueron apresados y el incidente  amparó el alegato para el destierro de la Compañía de Jesús en 1594.  No sería  hasta 1604 cuando se funda la Flèche y se restablece la orden en Francia. El Rey, por una evocación noble, resolvió donar su corazón a este lugar a fin de que fuera una enseña de magnanimidad, apropiándose de los principios de la teología del resurgimiento de Du Val, en donde el corazón se había convertido en la sede del conocimiento y del amor.



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Forjando amaneceres

fotografía: niguez.com

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Risa de uvas

Lo que eres me distrae de lo que dices


Pedro Salinas


 


He regresado de ti


y vuelvo a ti


               en bandadas de sueños.


 


Enlazando besos a las nubes


derramando infinitos


               vamos lloviéndonos.


 


Enhebrando huracanes


a las noches sin papel


               recitando te quieros.


 


Haz de mis días tormentas de besos


enloquece mi tiempo con tu


               risa de uvas y tus ojos de viento.


 


Hilo a hilo tejeremos delirios de versos


y nostalgias de lunas


               para seguir lloviéndonos.


 


Mirando


 


fotografía: niguez.com


 

miércoles, 5 de diciembre de 2007

El archivo de los primeros besos


Aquellos días la sala de investigadores estaba tan concurrida que apenas podíamos permitirnos una mirada de complicidad con el exterior. Cuando por fin algún documento se revelaba significativo para nuestro trabajo nos tragábamos el optimismo para no importunarnos. El desánimo también hacía acto de presencia, cuando las horas transcurrían densas y oscuras entre legajos aciagos que se presentaban mudos.   




Javier y yo habíamos coincidido en otras épocas y en otros archivos. Siempre ocupados con la pasión del hallazgo o con la decepción de lo inexistente; jamás habíamos reparado en nosotros. Éramos como esos sabios despistados que se quedan colgados de una pasión absurda e inconcebible para el resto de los mortales. Hablábamos en nuestra jerga mientras tomábamos un café o el bocadillo del descanso antes de internarnos en los laberintos de la tarde. 


 


Cuando el viernes llegamos a la sala todos los pupitres estaban ocupados. El archivero, nos miró con un gesto aprendido a base de hacer de la incompetencia una norma.  




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Letras y besos


 


fotografía: niguez.com


 

jueves, 29 de noviembre de 2007

Cartas a Nacho

Atisbé tus desamparos en la lejanía de un instante


la lluvia anegó mis ojos,


la ternura se disimuló en un gesto.


Un pudor, exhausto, se reveló lúcido recitando:


"te envolvería en mi alma


si con ello pudiera evitar tus pesares


despojarte de tu vida,


como un ladrón, yo no quisiera".


 


Afiliado a perplejidades y coincidencias


te deslizarás tras el aire suave de la tarde,


declinando en mis territorios


los huecos de afonía que concede la duda.


Te abandonarás hacia la inmensidad de tu destino,


que no confluye con mis lunas.


Convengo en descifrar la inspiración de mis lágrimas...


Y sonrío.


 


Asentada tu muralla, y


libre ya de las enfermedades de los días,


incorpóreas, sutiles, impensadas, y


expectantes: se impondrán otras horas.


Tus alardes anhelosos de novicio


buscarán las furtivas esferas de los mares,


las ofrendas bulliciosas de la risa


y la algarabía de las miradas.


 


Seré una sombra hecha de palabras


amordazada o imprudente;


en el estrépito de tus cruzadas: yo estaré.


Me inventarás


en una ausencia de ecos y rumores


que aturdirán tus oídos.


Allí donde la imagen infaliblemente permanece


hallarás lo que creías perdido: yo estaré.


 


Yo estaré,


con los ojos inundados de alegría,


seré una vibrante primavera,


sin encadenar tus sueños con grilletes,


prestando tregua a tus quebrantos


sin acudir a las exequias de tus utopías.


 


Para que una elección de topacios


se alce entre tu vida y la mía.


 


El canto de un padre


fotografía: niguez.com


 

martes, 27 de noviembre de 2007

El plenilunio de las miradas

El deseo se refugió en nuestros ojos

invadiendo miradas de magia y sahumerio,

entonando salmos de viento,

alabando ecos de luna.

 


De los días hicimos reliquias de arena,


sin los abismos de las tinieblas,


amarrando promesas de calma sedienta.


No hubo epílogo.


 


Las brisas de horizontes azules


se saciaron de aguas oceánicas


de versos con huecos de amor


que exhalaban olores de distancia.


 


 Reliquias de arena


fotografía: niguez.com